Maravilloso ser que me abrazaste



Hace cuatro años me invitaron a una cena en familia. Éramos ocho o diez personas. Nunca antes había estado yo en esa casa. Llegué el último a la cita. Subí en el ascensor y según se abrió la puerta me estaba esperando un muchacho que nada más verme abrió sus brazos para abrazarme. Su abrazo fue tan profundo y tan penetrante que me traspasó por completo. Brotaron en mí las lágrimas. Sentí además que en el momento del abrazo me fundía con quien me lo estaba dando, sentí que me fusionaba en la luz y con la luz de ese ser magnífico y puro. Ese muchacho resultó ser Diego, maravillosa figura, síndrome de down de veintitantos años, hijo de mi amiga Cristina.

No he vuelto a ver a Diego desde entonces. Hace tres días y mientras viajaba en coche a la ciudad en la que vive, me acordé de él, fue un recuerdo muy dulce y persistente. Unas horas más tarde su madre vino a la presentación de mi nuevo libro. A la salida del acto hablé con ella. Le pregunté por Diego. Me dijo llena de júbilo: “Lleva un tiempo que coloca las manos sobre su pecho y dice “Soy Feliz”, es como si notara que en ese momento le estuviera llegando ‘algo’ al corazón”. Ni que decir tiene que esas palabras de la madre me maravillaron y me volvieron a emocionar.

¿Cuántos de nosotros decimos “Soy Feliz”? Quizás sea preciso reconocer que lo llegamos a decir muy pocas veces a lo largo de nuestra vida, incluso puede que no lo lleguemos a decir nunca. Ojalá que podamos decir muchas veces “Soy Feliz”. Y ojalá también que “Eso” que llega a nosotros y que nos hace decir “Soy Feliz” sea estable y duradero. Y quizás lo más importante de todo: que ese “Soy Feliz” pueda brotar en nosotros sin motivo alguno.


Gracias Diego. 
Di-ego. 
El que no tiene ego.