A vueltas con la identidad


Dos hechos recientes me han llevado a intentar reflexionar sobre la identidad, la verdad es que siempre me interesó tratar de ver con qué nos identificamos. El primer hecho que se me ha puesto delante es la facilidad con la que los nuevos teléfonos móviles transforman a través del retoque fotográfico instantáneo las fotos que se va haciendo la gente, parece en principio algo superficial ya que uno se puede disfrazar de lo que quiera en un instante, sin embargo es algo que reviste mucha importancia dado que nos da la oportunidad de jugar a ser otros en el acto. Lo segundo que ha motivado esta reflexión es algo bien gracioso y bien curioso: unos amigos han estado recientemente en el museo de cera de Madrid, ya sabemos que allí hay figuras más conseguidas y otras menos conseguidas dentro de los kitsch y de lo hortera que es todo aquello; pues bien, parece que la figura de Leticia Ortiz está realmente irreconocible, y es que se ha cambiado ella tantas veces de cara en la ‘vida real’, que les tiene locos a los que hacen las figuras de cera, digamos que ya no la pueden ‘trabajar’ porque no tiene una identidad definida. Sí, eso he dicho, no tiene una identidad clara, y no la tiene porque decidió ‘sacrificar’ esa identidad a cambio de generar una ‘apariencia distinta’, es lo que toda la vida de Dios se conoce como vender el alma al diablo. Vender el alma al diablo es construir una apariencia que nos puede ayudar a conseguir cosas.

Pensémoslo bien: irse retocando en base a una 'idea' que queremos tener de nosotros mismos, irse operando, irse cambiando por otro o por otra, en definitiva no dejar que eso ocurra a través de un proceso natural, sino que soy yo mismo el hacedor de mi propia obra... ¡cuánta soberbia y cuánta ignorancia! De fondo está latiendo la idea del transhumanismo, que dice, que nos dice: necesitas de la tecnología para tener una identidad verdadera, si no eres operado a través de intervenciones sofisticadas, no podrás vivir en una sociedad de apariencias, sin máquinas no eres nada; necesitarás hormonas para tu nueva identidad, necesitarás drogas, necesitarás ‘expertos’, necesitarás en definitiva que tu cerebro pueda ser moldeado, es decir manipulado, y al final de todo el proceso ese cerebro será sometido, esclavizado.


Alucinaréis mucho con esta historia, se trata de un tipo que lleva una antena en la cabeza, y resulta que lo entrevistan en todas partes y lo presentan como lo más de lo más. Se llama Neil Harbisson y es presentado como el primer ‘ciborg’ del mundo. No os digo nada del diálogo que tuve con un amigo a cuenta de este cuento hace unos días.

También hace unos días leía y alucinaba en colores con un artículo aparecido en el diario El País donde se cuenta la historia de Beatriz, una chica de Burgos que comenzó a tomar testosterona y ahora se hace llamar Paul. Lo que se escribe en El País no es un artículo sin más, se trata de un alegato de la programación mental que poco a poco arribará en el transhumanismo. Es curioso ver cómo nos lo presentan como 'cultura', cultura que ahora se lleva y eso supone estar a la última. Esta antigua Beatriz burgalesa que ahora se hace llamar Paul, tiene hueco en todos los medios, sin embargo otras personas llenas de sabiduría no ocupen jamás ni una línea en estos instrumentos del poder corrompido, y es que la programación mental se disfraza de cultura para entrar cual serpiente en los resortes de esta sociedad desvencijada.

Para mí la identidad, si es algo, es el proceso de descubrir cuál es la esencia que nos habita, no precisamente en ir cambiando de apariencia externa; muchos hombres y mujeres viven engañados pensando que son su cuerpo o sus meros gustos sexuales. El tema no es en ir cambiando de apariencia, el tema es que no tengas ya ninguna apariencia y que descubras de verdad lo que eres. Si aún andas pillado o pillada en las formas, si aún dependes de lo fenoménico, sigues aún en la inopia, por más que digas que has alcanzado tu verdadera identidad. Tu verdadera identidad es precisamente vivir sin ningún tipo de identificación, eso no quiere decir que estés falto de personalidad o que te dejes engañar, es justo todo lo contrario ya que se trata de salir de la cárcel de las formas externas para entrar en la verdad de la esencia. La esencia es el Ser, un Ser que a menudo permanece sepultado bajo el velo de las apariencias. 

No trabajes la identidad sobre la idea que tienes de ti mismo porque eso es ego, puro ego.

La verdadera identidad nace espontáneamente cuando dejamos de vivir en las apariencias.