Nunca la mente



Iba ayer en coche a la imprenta donde estamos trabajando ya de lleno en el nuevo libro, un libro que si Dios quiere verá la luz el próximo mes de octubre. Salí de la autovía hacia el polígono industrial donde se encuentra la imprenta, y justo nada más salir vi que una mujer iba hablando sola por uno de los carriles laterales de acceso. Se trataba de una mujer joven, alta, bien vestida, el viento revolvía su pelo con lo que su figura se perfilaba inestable y por momentos tambaleante. Aminoré la marcha del coche hasta casi parar y vi con todo detalle que no discutía con nadie, era un enfado que llevaba ella encima, un enfado consigo misma, un enfado incuestionable, incontrolable. Finalmente la dejé atrás y seguí avanzando; me di cuenta de que ella, su imagen, se me mostró como un reflejo de la mente que todos tenemos, una mente que no para, que no se detiene, una mente que no descansa ni un solo instante del guirigay de los pensamientos. Así es pues nuestra mente, esa mujer me lo hizo ver como en un espejo.

Nunca la mente puede definir lo real pues lo real excede siempre de la verdadera comprensión. La mente hace acercamientos a lo real, pero la mayoría de las veces patina, se cansa, se agota.

Cuando ya no hay individuo ni persona ni personalidad, cuando ya no hay mente deseando nada, la frustración se va, toda frustración desaparece. Si ya no hay mente deseando, ¿qué es lo que hay, qué es lo que queda? Queda la libertad. La libertad que es Nada, que es la Nada.