Parece que nos gustan más los cristos de escayola


Varias personas han escrito en relación a la imagen del anterior apunte titulado “el evangelio de la vida”. No es bueno tener que explicar una imagen, pero si no queda más remedio…

La niña famélica que presenta la enfermera en esa fotografía es la misma imagen que presenta el sacerdote en la iglesia en Navidad, son idénticas, una es parte del belén de toda la vida, la otra forma parte 'del belén de la vida'.

En la tradición cristiana, y más concretamente en la tradición católica, el día de Nochebuena y el día de Navidad se adora a una figura del niño Jesús que normalmente el sacerdote presenta ante los fieles, el papa lo suele hacer en Roma en la misa del gallo, justo lo que se ve en la fotografía de este apunte. Pues bien, la imagen de la niña famélica tiene el mismo contenido simbólico que esa imagen de madera o de escayola, sólo que la imagen de la niña se presenta ante nosotros como ‘más real’, una imagen que golpea y nos despierta en un instante, algunos me han dicho que casi no la han podido mirar. Claro que la imagen de la niña da un fogonazo en los ojos, por supuesto. No califico la imagen, tampoco califico el texto que acompaña a esa imagen, simplemente los muestro y observo el efecto que producen. 

Aunque a veces no lo parezca, la vida se ocupa de todo, también de esa niña ya fallecida y de sus desconsolados padres.

Y si la imagen de esa niña ha golpeado, ha golpeado casi más decir que Dios es también ese cuerpo famélico. Dios es un concepto y como concepto no tiene realidad, si eres capaz de abandonar el concepto “Dios” lo que queda es tu unión con la vida, con la totalidad, pues Dios no es otra cosa que la vida en su total manifestación. Lo diré más sencillo: la esencia de Dios es lo que queda cuando eliminas  ese concepto mental al que llamas Dios.

Cuando la mente se queda en silencio ya no hay fotos de niños famélicos ni fotos de los que adoran a los cristos de escayola, conságrate al silencio que eres, no te consagres a ningún dios venga de donde venga pues dentro de ti está ya ‘eso’ a lo que te has de consagrar. La mayoría de los ríos no los cruzamos porque hemos construido una imagen de nosotros mismos, cuando ya no hay imágenes sólo queda lo que es, entonces el río se cruza solo.